Desde su infancia Mozart, reveló una excepcional musicalidad, don que le otorgó el apelativo de “niño prodigio”. Recién cumplidos sus mágicos 7 años, nuestro humilde protagonista había ya compuesto varios minuetos y un allegro. Debido a su don celestial, el mes de julio de 1791 un ente enlutado todavía desconocido, se presentó en casa del compositor para encomendarle la escritura de un Réquiem. Movido por sus emociones más humanas, Amadeus aceptó el reto sabiendo que ésta sería su obra póstuma, pues como le reveló a su mujer “Este Réquiem lo escribo para mí. Él será mi última obra”. Ese mismo diciembre, aún sin haber cumplido sus 36 años, el artista dejó este mundo completamente solo, pues sus amigos no acudieron a su despedida humana debido a la copiosa nevada que hubo ese fatídico día.

 

Bea

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